El cultivo de maíz en la Argentina,
en los últimos 30 años, cubrió una superficie promedio de 3,4 millones de hectáreas
por campaña, con picos cercanos a los 5 millones a inicios de los setenta. En el último
ciclo productivo (99/00) se sembraron 3,63 millones de hectáreas de las cuales el 38% se
encuentran en siembra directa.
Este dato lo posiciona al maíz como el segundo cultivo en SD en términos relativos,
detrás de la gran vedette de los últimos tiempos: la soja.
Este hecho no es casual, ya que el maíz es un cultivo con gran capacidad de respuesta
frente a mejoras del ambiente productivo, y en este punto la siembra directa tiene mucho
que aportar.

La planta de maíz es muy eficiente en la producción de biomasa. De una semilla que
pesa alrededor de 300 mg se obtiene, en un lapso de 2,5 meses, una planta de más de 2
metros de altura y de alrededor de 70 dm2 de área foliar. A los 4,5 meses la planta puede
alcanzar, en condiciones de cultivo, un peso seco 1.000 veces superior al de la semilla
que le dio origen. Alrededor de la mitad de ese peso corresponde a órganos reproductivos,
lo que lo transforma en uno de los cultivos de mayor rendimiento en grano por unidad de
superficie. Esta alta capacidad de producción se debe, entre otros factores, a una
elevada tasa fotosintética, a un bajo valor energético de la materia seca producida y a
una adecuada estructura de cultivo.
En consecuencia, en ambientes que presenten alta radiación, elevada amplitud térmica
y no posean limitaciones hídricas ni nutricionales importantes es de esperar altos
potenciales productivos. Frente al agregado de tecnología que mejore el ambiente
responderá con altos niveles de respuesta en rendimientos.
Por su parte, el sistema de siembra directa, permite a través de la cobertura aportada
por los rastrojos y por la mejora del ambiente edáfico lograr una mayor disponibilidad de
agua útil para los cultivos. Según Fogante (1999) aumentos de la materia orgánica en un
1% en los primeros 20 cm de suelo pueden provocar incrementos positivos de 6mm de agua
útil en el volumen de suelo considerado. A su vez es común que durante el ciclo del
cultivo el suelo sufra varias veces recargas y consumos del agua acumulada. En
consecuencia, ese plus de 6 mm se potencia varias veces, por ej. 4 a 5 veces durante el
ciclo de cultivo del maíz. Por lo tanto, considerando la alta eficiencia de uso del agua
que hace el cultivo de maíz tendremos respuestas, para esta situación, de alrededor de
600 kg de grano/ha.
Esa mayor eficiencia en el uso del agua que la siembra directa realiza no solo permite
maximizar rendimientos, sino que también permite tener un "piso de producción"
más alto; o dicho de otra manera aumenta la estabilidad de producción. Bien es sabido
que la floración es generalmente el período más crítico para la determinación del
rendimiento de maíz, ya que en esta etapa se fija el número de granos por unidad de
superficie, variable estrechamente relacionada con el rendimiento reproductivo.
Un estrés hídrico en floración reduce la eficiencia de conversión en biomasa de la
radiación interceptada, y posiblemente la intercepción de radiación y la partición de
materia seca a espigas. Como consecuencia, aumenta el aborto de estructuras reproductivas
y disminuye la producción final de grano. En este contexto, el hecho de contar con mayor
cantidad de agua disponible durante el ciclo del cultivo reduce el impacto de períodos de
sequía, atenuando su efecto sobre la producción.
Si pensamos que el agua es el recurso que principalmente limita la producción en
sistemas agrícolas de secano, el cultivo de maíz encuentra en la siembra directa el
ambiente apropiado para maximizar su producción y estabilizarla a través de los años.
Obviamente, la no remoción del suelo y el hecho de mantener la cobertura en superficie,
deberán ir acompañados de medidas de manejo tendientes a potenciar las cualidades de ese
ambiente, como ser asegurar una nutrición balanceada, adecuado arreglo espacial de las
plantas por unidad de superficie, período libre de malezas, barbechos limpios, mínimo
impacto de plagas y enfermedades, entre otras.
Finalmente, no debemos olvidar la importancia del cultivo de maíz dentro de la
rotación, ya que el mismo presenta una elevada producción de materia seca por unidad de
superficie que quedará en el suelo, favoreciendo al balance positivo de materia
orgánica.
Además, por sus características constitutivas el rastrojo de maíz presenta una
excelente calidad, ya que su alta relación C/N (carbono/nitrógeno) hace que la cobertura
aportada sea duradera; y que buena proporción pase a formar parte de la fracción más
estable de la materia orgánica, el humus. El sistema radicular del maíz favorece la
estructuración del suelo posibilitando, luego de la descomposición de las mismas, la
formación de macroporos.
El maíz en siembra directa es uno de los cultivos que permite maximizar las mejoras
del ambiente que el sistema permite; lo cual debe ir acompañado de estrategias de manejo
tendientes a aprovechar ese "plus ambiental". Así estaremos haciendo una
agricultura de alta producción y rentabilidad, que en el último de los casos es el
objetivo de la empresa agropecuaria. Ello, sin olvidar que el maíz contribuye al
mantenimiento de las propiedades del suelo, siendo este el otro pilar de la producción,
al cual llamamos